Hace 35 años, el terremoto de Limón estremeció Costa Rica
Hace 35 años, Costa Rica vivió uno de los episodios más devastadores de su historia cuando un terremoto de magnitud 7,7 sacudió Limón y gran parte del país. El sismo, ocurrido el 22 de abril de 1991, dejó decenas de fallecidos, cientos de heridos y severos daños en infraestructura, además de convertirse en el más fuerte registrado en territorio nacional.
Hace 35 años, el terremoto de Limón estremeció Costa Rica
El movimiento se sintió desde Tegucigalpa, Honduras, hasta Ciudad de Panamá, e incluso en la isla de San Andrés, Colombia. En territorio costarricense dejó 48 personas fallecidas y 651 heridas; en Panamá, 79 muertos y más de mil lesionados. Además, colapsó 4.452 estructuras, dañó cerca de 8.000 viviendas y obligó a reconstruir 309 kilómetros de carreteras.

Un país entero sacudido
El epicentro se ubicó a 36 kilómetros al sur-suroeste de la ciudad de Limón, en el Valle de la Estrella, a una profundidad aproximada de 20 kilómetros. Esa cercanía con la superficie explica parte de su poder destructivo, ya que la energía liberada recorrió una distancia mínima antes de impactar la superficie.
La ruptura sísmica ocurrió sobre una falla de cabalgamiento de bajo ángulo perteneciente al Cinturón Deformado del Norte de Panamá, una estructura tectónica vinculada a la convergencia entre la placa Caribe y la microplaca de Panamá, que se desplazan una contra otra a unos 20 milímetros por año. La fractura se extendió entre 40 y 50 kilómetros, con un desplazamiento promedio cercano a 2 metros y una duración estimada de 20 a 25 segundos.

Ing. Gino Guidi
Los daños abarcaron unos 8.000 kilómetros cuadrados, equivalentes al 80% del territorio costarricense afectado y al 20% del panameño.
Los efectos geológicos fueron extraordinarios. La línea costera del Caribe costarricense se elevó hasta 1,85 metros en sectores cercanos a Limón, modificando de forma permanente la geografía litoral. También se registró un tsunami local con olas de hasta 2 metros en la costa sur del Caribe. Cerca de 3.000 kilómetros cuadrados sufrieron licuefacción de suelos y otros 2.000 kilómetros cuadrados fueron impactados por deslizamientos que sepultaron caminos y viviendas.
El terremoto recordó que Costa Rica se encuentra en una de las regiones tectónicamente más activas del planeta, donde interactúan las placas de Cocos, Caribe, Nazca y la microplaca de Panamá. Comprender esas fuerzas no es un lujo académico, sino una necesidad para la supervivencia.

Lo que no existía en 1991
Cuando ocurrió aquel sismo, Costa Rica no contaba con la capacidad de monitoreo que posee hoy. Las redes sísmicas operaban con pocas estaciones, ubicadas principalmente en la costa Pacífica y el Valle Central. La zona Caribe, precisamente donde ocurrió el terremoto, era prácticamente un punto ciego.
Además, la instrumentación dependía de equipos analógicos con severas limitaciones técnicas. No existía capacidad para localizar un sismo en tiempo real ni para informar a la población en cuestión de minutos qué había ocurrido, dónde y con qué magnitud. La ciencia tardaba días o incluso semanas en procesar los datos, mientras la ciudadanía dependía de rumores e incertidumbre.
Esa carencia impulsó al país a fortalecer sus capacidades. El OVSICORI, creado en 1984 como instituto de investigación de la Universidad Nacional, recibió tras el terremoto de 1991 un impulso decisivo para ampliar su red instrumental y consolidarse como pilar del monitoreo sísmico y volcánico nacional.
En 1991, tras un terremoto de magnitud 7,7, había que esperar. Hoy, después de un sismo de magnitud 3, la información llega en menos de un minuto. Esa diferencia no es casualidad: responde a décadas de inversión, ciencia e institucionalidad.

Lo que construyó el OVSICORI
En los 35 años posteriores al terremoto, el OVSICORI y la Universidad Nacional desarrollaron una infraestructura poco visible para la mayoría de la población, pero vital para la seguridad del país: una de las redes geodinámicas más grandes y modernas de América Latina.
Actualmente opera 110 estaciones sísmicas de alta sensibilidad, cada una con una inversión aproximada de 32.000 dólares, lo que representa cerca de 2,88 millones de dólares solo en sensores. A esto se suman redes geodésicas con estaciones GNSS de precisión milimétrica, sensores de infrasonido, multigas, DOAS y otros equipos para el monitoreo volcánico y la generación de alertas tempranas ante terremotos y erupciones.

Esta red no solo detecta temblores. También sustenta investigaciones científicas, permite caracterizar fallas tectónicas, elaborar mapas de amenaza sísmica, mejorar códigos de construcción, desarrollar sistemas de alerta temprana y brindar información en tiempo real a la población, reduciendo el pánico y fortaleciendo la prevención.
Además, el OVSICORI y las demás redes sísmicas del país han construido un catálogo histórico que funciona como la memoria tectónica de Costa Rica. Cada sismo registrado aporta datos para validar modelos científicos y prevenir futuras tragedias.
Cuando una persona revisa su celular y lee, segundos después de sentir un temblor, datos como magnitud, profundidad y epicentro, está viendo el resultado de décadas de trabajo científico e inversión en estaciones, sensores, telecomunicaciones y talento humano.





