Presidente del IMAS repartió comida a indigentes y esto es lo que dijo

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(Tomado del muro del Ministro y Presidente Ejecutivo del IMAS Emilio Arias)

Ésta semana hice algo que siempre me ha dado resultado. Un grupo me invitó el jueves a la entrega de comida a personas en condición de calle, en la zona roja de San José. Me quité el traje, dejé mi carro a media cuadra, dentro del carro dejé al Ministro del IMAS guardado y caminé hacia la esquina.

Se colocó una mesa, ollas con arroz, papas y refresco. A mí me asignaron la tarea más simple, entregar los platos a quien servía el arroz. Era una fila muy larga, parecía que no terminaba, pero era que repetían hasta terminar el último grano de arroz. Mientras pasaba los platos les fui mirando y encontré: tres niños, seis niñas, tres mujeres trans, dos adultas mayores, al menos cuarenta eran menores de cincuenta años y para la gran mayoría, era el primer plato de comida del día… Cuando terminé la tarea asignada, me escapé con el objeto de hablarles a muchos y muchas. Tengo las historias frescas en mi mente. Especialmente la de Angélica de siete años, que me ha quitado el sueño. Por respeto a sus historias individuales no las voy a contar, pero imagino que ustedes las han de suponer.

No estuvo allí el Ministro, ellos nunca se dieron cuenta de eso, pero sí estuve yo, el que soy y seré siempre. Les confieso que sigo enojado, sí mucho, porque no entiendo la maldad, el odio, lo perverso, lo hipócrita y lo pendejo del ser humano, que deja de ver lo esencial y anda viendo a ver de qué manera daña al otro o a la otra y algunos o algunas, hasta se escudan en fueros pendejos, y no entienden que ese mundo de cristal es pasajero, efímero, visto desde otros ángulos hasta ridículo, porque lo importante es lo que no se ve.

Aclaro que todos mis días me topo con estas realidades cuando camino y ando de gira, pero cuando llego de incógnito y paso como un conejo silencioso, tengo las historias más francas y eso sí me sirve para decidir, pero más aún, para pegarme los pies con clavos sobre la tierra y recordar que en medio de la gritería, no es posible distraerse. Que algunos y algunas sigan en la fiesta, pero que a mí no me inviten, porque tengo mucho trabajo.